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Bellarmino Miranda
 
 
 
   

La calidez de los colores, la placidez y sinuosidad de los cuerpos femeninos envueltos en la suave luz que los entorna, crean a veces en los cuadros de Belarmino Miranda una atmósfera de evocación y sensualismo. Evocación o extensión en el tiempo, de una pintura cuyos orígenes se remontan a Tiziano y Giorgione en un momento en que el desnudo, tras una larga sujeción a la mitología y a la historia, asumía por fin el valor de tema autónomo, logro que lo convertiría a la larga en un género capaz de signar con gran fuerza la historia del arte aún en nuestros días. Pese a que preludiados en el primer cuarto del siglo XX por Kandinski, y con un radicalismo extraordinario, se levantaran hacia mediados de la misma centuria movimientos que negaron a todo figurativismo cualquier grado de validez en el territorio de la actividad artística o estética, los géneros clásicos de la pintura persistieron no sólo a través de sus formas convencionales, si no renovándose al paso de las nuevas vertientes contemporáneas como el cubismo, el surrealismo, el neo expresionismo, en fin, hasta conectar, ya avanzada la segunda mitad del siglo XX, con movimientos como el pop art y el hiperrealismo que, nutriéndose el primero de la multiplicación de la imagen gracias a la producción industrial y al desarrollo de los medios de comunicación, y apoyándose el segundo en el descubrimiento de la fotografía, llevaron al figurativismo en su conjunto y a cada uno de sus géneros en particular, a nuevos estados de manifestación y desarrollo, a partir de los cuales se renuevan, una vez más, las indoblegables presencias clasicistas, barrocas, simbolistas, expresionistas y aún abstractas, en una pintura universal cuya fuerza parece radicar en su capacidad de valerse de todos los lenguajes , que en ella se perpetúan indiferentes a los certificados de defunción que a su turno les han sido extendidos por cada una de las apocalípticas vanguardias. Es en este contexto histórico que aparece hacia la última década del anotado siglo la obra de Belarmino Miranda, obra fundada desde sus orígenes en la observación y en la contemplación absorta de la figura humana (núcleo de todo figurativismo), para llegar finalmente a esa paradójica abstracción de tal figuración que es el desnudo, y partir de allí de nuevo a la creación de su universo íntimo, sólo posible aquí y ahora, proceso que le otorga su autonomía y contemporaneidad sin desligarla ni siquiera por un instante de la historia. Surge entonces ante nuestros ojos, una obra que si bien en ocasiones se presenta en cuadros llenos de calidez y de candor , expresando, ajena a cualquier elemento retórico, la ternura de los seres que le rodean, suele también a veces derivar hacia cierta frialdad estilística que la emparenta con la tradición clasista restaurada por Masolino (en el confín donde se confundieron el gótico tardío y renacimiento temprano) definiendo así dos direcciones claramente perceptibles entre las que oscila el trabajo del artista. En el primero de los casos, suelen aparecer en sus cuadros (generalmente de reducido tamaño), pequeños grupos de personas en interiores de atmósferas logradas que consiguen transmitir la sensación de una intimidad que reconocemos como la que se alcanza al lado de los seres que amamos . Tenues aureolas rodean entonces las cabezas de mujeres y niños aludiendo a la inocencia de la desnudez en un doble y quizás inconsciente relato del paraíso perdido por la humanidad y de aquel que cada uno de nosotros ha extraviado en el poniente de su infancia. Ya más próximo a los simbolistas, y en la otra línea de su creación, el artista se sumerge en la auto contemplación, revelando sin intencionalidad alguna sus profundas convicciones: un mundo en el que el cuerpo se aúna con el paisaje, en virtud de un tratamiento pictórico que los hace consubstanciales, para declarar como solo es posible hacerlo mediante los símbolos, en profundo silencio, la idea de que el espíritu divino anima toda las partículas del universo.

En este tipo de obras, es notable el hecho de la soledad de la figura femenina en el cuadro, imagen siempre presente como el eje de una rigurosa composición y núcleo de un juego cromático preciosista, suntuoso con frecuencia, de suerte que la evocación de Ingres, de Jerome y de Francisco Antonio Cano se hace inevitable en su presencia.

Como quiera que sea, un sentimiento (o una sensación?) de silencio emerge de algunos de estos cuadros. El juego de claros oscuros y las ciudades nocturnas que surgen del paisaje lo hacen perceptible. Entonces todo sugiere que esas figuras femeninas yacentes son solo el símbolo de todas las mujeres, el arquetipo, el mito fundamental, la matriz , casualmente, de todo idealismo. Y es este discurrir filosófico de la obra (a veces de un formato tan humilde que estas reflexiones serían hiperbólicas si la relacionáramos con su tamaño) lo que crea esa atmósfera que sintetiza, apropia y reelabora elementos góticos, clásicos, barrocos y románticos, en cuyos fondos no se ven ya palacios ni castillos renacentistas, si no urbes, cielos iluminados, magnéticos, expresados con un lenguaje formal clásico, graciosa paradoja que podría hacer pensar a los mas radicales que el naturalismo que se empecina en ser en estos tiempos no solo reducido a su memoria, dialoga hoy con lo contemporáneo.
El significado de la presencia del desnudo en el arte, sólo puede ser desentrañado en la medida en que nos aproximemos al conocimiento de las historias paralelas e interactuantes de las diferentes culturas. Ajena al complejo del pecado original de incidencia tan profunda en las sociedades de creencias hebraicas y cristianas, la cultura griega, en el apogeo de su esplendor, encontró lícita la exaltación de la belleza de la desnudez del cuerpo humano, mediante una producción artística cuya apreciación y revaloración permitieron, casi dos mil años mas tarde, la aparición del intenso momento del arte conocido en la historia como “ Renacimiento”. Es en el hecho de la extensión a través de mil años del culto a la desnudez mediante el arte (abarcandos también los períodos republicano e imperial de la historia de Roma) asociado al de su desaparición casi absoluta durante la hegemonía ,milenaria también, del cristianismo primitivo, donde el contenido simbólico del desnudo y sus connotaciones históricas y culturales en la obra de arte podría ser dilucidado. Pleno de simbolismos alusivos a la creacion la inocencia y al pecado entre los hebreos y relativos a la naturaleza y a las divinidades para los griegos y latinos , ya en la cultura greco-cristiana predominante en occidente a partir del renacimiento, el desnudo se presenta proclive a la ambigüedad o a la multiplicidad de sus sentidos en un contexto plagado de conceptos filosóficos, religiosos y sociales algo que hace necesario para su interpretación o su lectura, y aún para su goce, una estructura conceptual y un acervo de información que son a la larga los elementos que impiden que un fenómeno como el de la supervivencia de los géneros clásicos de la pintura en el arte contemporáneo, sea despachado con el fácil expediente de enviarlo a la papelera de reciclaje.

La obra más reciente de Belarmino, declara ya la aparición de un nuevo estilo en el que convergen ese clasicismo distante y el romanticismo espiritualizado cuya presencia hemos notado ya en el trabajo del artista, y que interactuantes en su desarrollo paralelo, se han sintetizado finalmente en cuadros en los que en la soledad de baños de diseños escuetos, propios de los estratos sociales medios de la sociedad industrial, el cuerpo desnudo de alguna mujer y el agua se unen en un alarde de plasticidad, tan contenida sin embargo, que no es óbice alli tal virtuosismo para que sea posible percibir en ella la presencia de un antiquísimo ritual, mediante el cual el hombre reconoce sus orígenes en el seno de la naturaleza de cuyo extrañamiento ,parecen decirnos estos cuadros, en virtud de su sensibilidad, de su dolor y de su lucha, ha sido finalmente redimido.

 

 
   
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